Los antecedentes musicales del Flamenco, en un rápido ejercicio de imaginación, los podríamos encontrar en la Hispania musulmana, pues las modulaciones que definen al género flamenco pueden provenir de los cantos monocordes islámicos. Sin embargo, hay también quien atribuye la creación de esta música a los gitanos, un pueblo procedente de la India, que hasta hace relativamente poco se creía que eran egipcios, y desperdigado, por su condición de errante, por toda Europa. En España entraron a principios del siglo XV, buscando climas más cálidos que los que hasta entonces habían encontrado en el continente. Tampoco se pueden olvidar los diferentes legados musicales que dejaron los deudos andaluces en el sur de España, donde habían tenido vigencia las melodías salmodiales y el sistema musical judío, los modos jónico y frigio inspirados en el canto bizantino, los antiguos sistemas musicales hindúes, los cantos musulmanes y las canciones populares mozárabes, de donde probablemente proceden las jarchas y las zambras.
Según las ideas más difundidas, en los principios no había baile ni guitarra, sólo cante, de forma que se ha llegado a pensar que el primer palo de la historia fue la toná, y que ésta se asentó en el triángulo formado por Triana, Jerez y Cádiz.
Sin embargo, tras una lectura profunda de la obra La Gitanilla, de Cervantes, se puede observar que, a menos que el célebre escritor hubiera contado una historia fruto de su imaginación, la primera disciplina flamenca fue el baile, como lo ratifica el personaje de Preciosa, una joven bailaora que se ganaba la vida haciendo danzas de corte andaluz a la que se subyugaban tanto el acompañamiento musical como el vocal, ambos enlazados para realizar los llamados corridos gitanos. La obra, escrita a principios del siglo XVII, crea el primer precedente no oral en el estudio de los orígenes flamencos.
Hacia 1740 hay que señalar la existencia de un libreto manuscrito por un tal Bachiller Revoltoso que nos cuenta una crónica en la que se señala cómo la nieta de Balthasar Montes (el gitano más viejo de Triana) iba a bailar con instrumentos de cuerda y percusión a las casas nobles de Sevilla.
En Cartas Marruecas de José Cadalso, en 1789, el escritor describe una juerga gitana en un cortijo liderada por el Tío Gregorio, dato que corrobora la existencia de una música peculiar y diferenciadora en Andalucía.
Hacia 1820 esto se confirma con la aparición en un periódico de Cádiz de la noticia de que en el Teatro del Balón, Antonio Monge hará los cuatro palos (el de Ronda, el de Tobalo, el de Jerez y el de Cádiz) y en 1885 la señorita Sejuela, en el salón Barrera de Sevilla, bailará por soleá. Finalmente, el Baile en Triana que describe Serafín Estébanez Calderón en sus Escenas Andaluzas de 1862, se encuentran los cantaores El Planeta y su alumno El Fillo que cierra el círculo en torno a las conjeturas sobre los principios del flamenco.
Otro de los aspectos que hacen que este arte sea un verdadero misterio radica en definir cuál es la procedencia exacta del término «flamenco». Existen múltiples teorías acerca de la génesis de esta palabra, aunque quizás la más difundida es la defendida por Blas Infante en su libro Orígenes de lo flamenco y secretos del cante jondo. Según él, la palabra «flamenco» derivaría de los términos árabes felah-mengus, que juntos significan «campesino errante». También llegó a tener muchos adeptos la curiosa teoría que afirmaba que flamenco era el nombre de un cuchillo o navaja. No en vano, en el sainete El Soldado Fanfarrón, escrito por González del Castillo en el siglo XVIII, se puede leer: «El melitar sacó para mi esposo un flamenco». En otra copla recogida por Rodríguez Marín se dice: «Si me s’ajuma er pescao / y desenvaino er flamenco / con cuarenta puñalás / se iba a rematar el cuento». Sin embargo, esta hipótesis no ha llegado a trascender. Como las anteriores, también sigue sin corroborarse la teoría liderada por expertos como Hipólito Rossy o Carlos Almendro en la que se afirma que la palabra flamenco se debe a que la música polifónica de España en el siglo XVI se acrecentó con los Países Bajos, es decir, con la antigua Flandes. Según estos escritores, antiguamente se creía que los gitanos eran de procedencia germana, lo que explica que se les pudiera llamar flamencos.
Finalmente, existen dos hipótesis menos comprometidas, pero bastante interesantes. Antonio Machado Álvarez, Demófilo, dice que «los gitanos llaman gachós a los andaluces y éstos a los gitanos los llaman flamencos, sin que sepamos cuál sea la causa de esta denominación». Y Manuel García Matas afirma: «Flamenco procede del argot empleado a finales del siglo XVIII y principios del XIX para catalogar todo lo que significa ostentoso, pretencioso o fanfarrón o, como podríamos determinar de forma genéricamente andaluza, "echao p’alante"».
A fines del siglo XIX el flamenco ya era un arte muy extendido por toda Andalucía. En Cádiz, madre del cante por cantiñas, surgen figuras como El Chiclanita, Dolores y Alonso del Cepillo, José de los Reyes y El Negro del Puerto y se certifican centros cantaores como los Puertos, San Fernando, Sanlúcar, Chiclana y Arcos.
Mención aparte merece Jerez de la Frontera, otro de los puntos matrices del flamenco, sobre todo a través de los barrios de Santiago y San Miguel. De allí son nada menos que Manuel Soto Loreto, el Torre, y don Antonio Chacón.
Sin embargo, un poco antes de que irrumpieran estos maestros, la historia del flamenco afronta un momento clave. En una misma época coinciden cantaores como Silverio Franconetti (de origen italiano), Tomás el Nitri y Juan Breva. Entre ellos surge una competencia feroz, hasta el punto de que El Nitri se niega a cantar delante de Silverio para no quedar en un supuesto ridículo ante el maestro de ascendencia italiana, según unos, o para no transmitirle la esencia de los cantes gitanos, según otros. Sea como sea, la Primera Llave de Oro del Cante de la historia es para Tomás, que recibe el galardón como obsequio a su maestría durante una fiesta celebrada no se sabe si en el café Sin Techo de Málaga o en Jerez, en la que el General Sánchez Mira quedó impresionado con su cante. Todas estas circunstancias pudieron haber encendido la chispa en Silverio, que al ver las pasiones que levantaba este arte decidió montar un café cantante en el número 4 de la sevillana calle Rosario. En este momento, el flamenco se profesionaliza.
Sin embargo, pese al tirón que pegan en la sociedad los citados cafés, un cierto sector del género mantiene el cante en las minorías de antaño. Es el caso, por ejemplo, de Los Gordos de Alcalá, una familia de origen trianero cuyo mayor representante es, según Antonio Mairena, Joaquín el de la Paula, o, posteriormente, de Tío José de Paula y Agujetas el Viejo en Jerez.
Entrados ya en el siglo XX, allá por los años veinte, retoma el testigo del arte una generación inigualable. Ya empiezan a sonar los nombres de Pastora Pavón Cruz, la Niña de los Peines, Arturo y Tomás Pavón, Manuel Torre o Manuel Vallejo.
Cuando comienzan a surgir decididamente los profesionales del cante, el baile y el toque, ciertos sectores de la intelectualidad afines a la generación del 27 empiezan a temer por «lo puro». Maestros como Manuel de Falla o Federico García Lorca tienen una visión apocalíptica del flamenco, ya que para ellos éste debe ser un arte del pueblo, reducido a la minoría andaluza, y no un estilo comercializable. El temor por la pérdida de lo que ellos llaman «pureza» les lleva a crear el Primer Concurso de Cante Jondo, celebrado en Granada en 1922, en el que la única exigencia era que los aspirantes fueran desconocidos, gente del pueblo, y no figuras ya consagradas en los cafés cantantes. El certamen lo ganó el moronense asentado en Puente Genil Diego Bermúdez Cala, el Tenazas, y se le hizo una mención de honor a un niño de trece años llamado Manuel Ortega Juárez, que a la postre resultaría ser el célebre Manolo Caracol. Pero las pretensiones de los creadores de aquel concurso no medraron y, pese a los esfuerzos por devolver el flamenco al pueblo, el género no sólo siguió profesionalizándose, sino que los aficionados fueron testigos de una revolución que se acrecentó con los discos de pizarra.
Aprovechando la repercusión del Primer Concurso de 1922 en Granada, el empresario del madrileño Teatro Pavón, situado en la calle
Embajadores, decidió crear la llamada Copa Pavón, un galardón que serviría para aumentar el prestigio del cantaor premiado. La final se celebró el 24 de agosto de 1925 y los participantes fueron El Niño Escacena, Pepe Marchena, El Cojo de Málaga, El Mochuelo y Manuel Vallejo, que resultaría el ganador indiscutible del certamen. Sin embargo, un año después la cosa cambió. El triunfador fue Manuel Centeno, que interpretó unas magníficas saetas, pero en el ánimo de todos quedó que debería haber recaído de nuevo del lado de Vallejo, por lo que fue el propio don Antonio Chacón el que decidió, en desagravio, entregarle la Segunda Llave de Oro del Cante al maestro sevillano, que recibió el obsequio fundado por El Nitri de manos de Manuel Torre.
Otra teoría afirma que la entrega de la llave fue producto de una campaña de marketing del dueño del Teatro Pavón. El caso es que toda esta parafernalia, repetida en multitud de ocasiones por diferentes puntos de España, generó lo que posteriormente se ha dado en llamar la «ópera flamenca», sin duda la etapa más polémica del género.
Durante los primeros años de franquismo se miró con recelo al mundo del Flamenco; las autoridades no tenían muy claro si esa manifestación cultural podría derivar en una conciencia nacionalista. Con el tiempo se adoptó una actitud sincrética por la cual a la copla andaluza (género surgido a partir de la estilización y desarrollo de los cantes binarios) se la acabó denominando copla española, y acabó por imponerse como género musical dominante en todo el resto del país.
Décadas más tarde, ya en los años 60, toda una generación de cantaores que se había criado escuchando y admirando los cantes de Pepe Marchena o Manolo Caracol, y que como el resto de la sociedad española comenzaba a permeabilizarse de los nuevos estilos musicales venidos desde Europa y EEUU, combinaron ambas tendencias creando un período de revolución que se ha etiquetado (generalmente de manera vaga) como Fusión Flamenca. Uno de los personajes más decisivos en la conformación de éste fenómeno fue el representante de artistas José Antonio Pulpón, quien instaría a colaborar al cantaor Agujetas con el grupo sevillano de rock Smash. Así mismo, consiguió reunir a la pareja más revolucionaria de la historia del flamenco. Se trataba del introvertido guitarrista algecireño Francisco Sánchez Gómez (Paco de Lucía) y del joven cantaor de San Fernando, José Monge Cruz (Camarón de La Isla).
La colaboración artística entre Paco de Lucía y Camarón de la Isla bajo la batuta de Pulpón supone uno de los momentos de mayor aceleración creativa en un arte que siempre se mantuvo en movimiento.
A lo largo de los años 80 surge una nueva generación de artistas que hacen avanzar la fusión un paso más. Estos nuevos músicos se encuentran frente a la doble raíz en una posición más equidistante que sus predecesores, pues si bien se crían en entornos flamencos ya han recibido la influencia de la primera generación (Camarón, Paco de Lucía, Morente, etc.) a lo que se añade un mayor interés en la música popular de los medios de comunicación que en aquellos años está renovando el panorama musical español. Es en este contexto donde surgen intérpretes como Pata Negra (que fusionan flamenco con blues y rock), Ketama (que buscan inspiraciones afrocaribeñas) o Ray Heredia (creador de un universo musical propio donde el flamenco ocupa un lugar central).
El guitarrista de Pata Negra, Raimundo Amador, tras dejar el grupo comienza una dilatada carrera en solitario llevando la fusión hasta máximos impensables solamente una década atrás. Los jóvenes ven con muy buenos ojos este modelo y se enfrentan a sus mayores que no comprenden lo que está pasando.
Otros intérpretes destacados en este proceso de renovación formal del flamenco son los cantaores Enrique Morente, que a lo largo de su dilatada carrera artística ha basculado desde el purismo de sus primeras grabaciones hasta el mestizaje con el rock; José Mercé que juega en algunos temas con el pop; Juan Peña, El Lebrijano, que introdujo el maridaje del flamenco con el
folclore norteafricano de origen andalusí o el guitarrista Tomatito que comenzó su carrera con Camarón y que luego ha colaborado con músicos de jazz o con músicos sufíes.
A finales de ésta década y durante toda la siguiente la discográfica Nuevos Medios impulsa el lanzamiento de multitud de talentos musicales que bajo la etiqueta "Nuevo Flamenco" lo mismo agrupa a jóvenes intérpretes de flamenco orquestado que a músicos de rock, pop o música latina cuya única vinculación con el flamenco son sus orígenes familiares, su etnia gitana o el añadir melismas y garganteos en temas que, por lo demás, se salen de cualquier estructura flamenca previa. De este modo se ha abusado de la etiqueta "Flamenco" con fines estrictamente comerciales; entre las bulerías con guitarra eléctrica de los primeros Pata Negra y las coplas cantadas por Diego el Cigala con el acompañamiento de Bebo Valdés media un largo camino donde en algún momento desaparece el último rastro (en compás, en métrica, en modos tonales, en palo…) de una voluntad flamenca. Esta nueva generación de cantaores supone un cambio social importante pues gracias al acceso casi ilimitado a las obras discográficas de los máximos intérpretes se generan cantaores verdaderamente universales sin ninguna vinculación familiar o geográfica con el mundo flamenco, pudiendo tener bailaoras japonesas o guitarristas de diferentes países.

Escucha el programa:
lamardemusicas_flamenco.mp3 18-feb-10